V. - El impacto en la sociedad

      Muchas de las reflexiones que hemos hecho a lo largo de estas páginas desbordan los cuadros de la industria, para afectar al conjunto de la sociedad. Nada de extraño hay en ello, ya que la industria es en nuestros días uno de los elementos capitales de la organización social. Tratemos de resumir ahora cuáles son los principales aspectos en que la creciente automatización de la industria puede influirla.

Estructura profesional de la sociedad.

     A pesar de que el automatismo tienda a eliminar el elemento humano en la producción continuará aumentando el porcentaje de población ocupado por la industria frente a otras fuentes de producción, y en primer lugar la agricultura. Así continuará favoreciendo la marcha del campo hacia los grandes núcleos industriales.

    En cambio, en el interior de la propia industria disminuirá el número de individuos ocupados en tareas propiamente productivas frente a los ocupados en la organización y la distribución. Y en el conjunto de la sociedad disminuirá la proporción de individuos empleados por la industria frente a los empleados en tareas de organización y distribución ajenas a la industria.

    En la propia industria todos los elementos deberán tener un nivel técnico y una especialización superior a la actual. Esto significará un mayor desarrollo en la enseñanza técnica y también un mayor contenido cultural y técnico de la enseñanza elemental que reciben todos los individuos. Para hacerlo posible la enseñanza primaria deberá tener mayor duración, incluyendo lo que ahora son años de aprendizaje. A pesar de esto las empresas deberán ocuparse intensamente de la enseñanza especializada de sus propios empleados.

    El contenido de las profesiones variará, Dejará de organizarse el taller partiendo de las profesiones clásicas para estructurar las actividades profesionales en función de la organización. Esto no significa tanta la aparición de nuevos oficios como una nueva concepción de la profesión. Más aún que la actual, la sociedad futura será una sociedad de técnicos especializados. Cómo se pueda hacer compatible esto con un cierto humanismo que mantenga un cultivo integral del espíritu humano frente a la barbarie del especialismo, de que hablaba Ortega, es uno de los interrogantes capitales de esta perspectiva.

Elevación del nivel de vida.

    En principio esto no parece imposible, si se tiene en cuenta que el automatismo represesentará, en definitiva, un aumento del nivel de vida y una disminución de las horas de trabajo. A pesar de todos los altibajos imaginables en un proceso humano y a pesar de muchas tragedias, esto es lo que ha producido la industrializaciön a lo largo de un siglo. El nivel de vida que permite el jornal obrero en la actualidad es superior al que permitía hace cien años y la jornada de trabajo se ha reducido considerablemente (18).

     El tiempo que es necesario trabajar para adquirir un kilo de pan es menor ahora que en los comienzos de la revolución industrial, y tanto menor cuanto más industrializado está un país. Sin caer en la utopía, puede suponerse lógicamente que el autamatismo, permitiendo conseguir los mismos productos con menos esfuerzos, impulsará esta orientación de nivel de vida más alto y más tiempo libre (19).

    ¿Cómo se utilizará este mayor tiempo libre con un nivel de vida asegurado?

    Esta Puede ser la posibilidad que el automatismo ofrezca para una cultura integral humana. Aungue no es seguro que se aproveche. Un cínico nos hará notar que el tiempo libre que el progreso nos da con una mano nos lo quita con otra en forma de transportes y de horas muertas ante las ventanillas de la burocracia. Y, desde un punto de vista más profundo, la utilización del tiempo libre por los individuos depende de la sociedad en que viven. ¿Y qué puede esperarse de los individuos que terminan su jornada de trabajo tenso en una organización casi automática sino que aprovechen las formas de descanso que una sociedad no menos automática Y masificada les ofrece? El mayor tiempo que en nuestros días se dedica al deporte no significa por ello una mayor cultura física. El progreso técnico nos ofrece, indiscutiblemente, una elevación del nivel de vida y un mayor tiempo libre; pero esto es sólo una posibilidad para el enriquecimiento del hombre, y la forma de aprovecharla dependerá, en definitiva, de los ideales de la sociedad.

Concentración industrial.

    Hablar de las características de la sociedad en que el automatismo se desarrolla escapa ya, en realidad, a nuestro tema. Pero podemos esbozar algunas características generales. La primera y más evidente se refiere a la concentración industrial. Como se indicaba en páginas anteriores, el automatismo facilita todavía la concentración industrial en la forma de empresas gigantes. Ellas son su punto natural de aplicación. Y la concentración industrial arrastra otras muchas concentraciones sociales: la de los núcleos de población y de actividad humana, la de los organismos de distribución, etc. Y, por razones complejas, la concentración industrial, con el desequilibrio económico que establece entre la gran empresa y el individuo, arrastra la concentración de poderes por el Estado que intenta conservar el equilibrio en favor de la comunidad. Pero esta concentración y consiguiente masificación entraña riesgos evidentes para el individuo; ¿no corre el peligro de ser aplastado por la masa? Examinemos este peligrlo en varios planos.

Normalización.

    El automatismo, queda ya indicado en páginas anteriores, no es forzoso que favorezca sólo a las grandes industrias, y puede ser adoptado con éxito por las medianas y pequeñas, pero a condición de que normalicen sus productos. En cualquier caso la normalización, la sujeción a patrones fijos, es el resultado necesario del automatismo. Y este es el primer y más elemental aspecto en que el individuo nos parece amenazado. La estandardización de los productos parece conducir inexorablemente a la estandardización de las fonnas de vida. ¿Es esto inevitable, o podemos encontrar la forma de compaginar la uniformidad de los elementos de uso y consumo con la libre expresión individual? Este es otro grave interrogante de nuestro futuro.

Planificación y libertad.

    En realidad este interrogante no es sino una forma particular de un interrogante más grave que afecta a toda la existencia humana. Hemos visto cómo el automatismo permite a los procesos industriales alcanzar un grado de organización extraordinario. Una vez planificado el sistema cada elemento está totalmente controlado y subordinado al conjunto. Pero en todos los órdenes de la vida social vemos avanzar un fenómeno paralelo.

    La organización creciente y los mecanismos de autorregulación, los dos pilares en que veíamos asentarse el autmatismo industrial, actúan igualmente en toda la vida social. Y los maravillosos artefactos que la hacen posible encuentran también aplicación fuera de la industria en todas las esferas de la actividad humana. Día a día nuestra vida social está cada vez más integrada y la actividad de cada individuo se subordina estrechamente a un plan de conjunto. Parece como si el ideal de la fábrica automática se considerase también válido para la sociedad.

    Sería ingenuo culpar de este hecho a los mecanismos automáticos y a cualquier artificio técnico, que no intentan sino satisfacer una necesidad. Más ingenuo sería todavía pensar que este proceso es reversible. Pero sí, tenemos motivos para preocuparnos por la libertad y la dignidad humana en esta marcha hacia la integración.

    Orientémonos con un ejemplo elemental. Sumido en el laberinto de la circulación ciudadana, el automovilista ya no puede conducir como quiere, sino ajustindose estrechamente a unas regulaciones y a una organización estricta.

    Un mecanismo de señales le convierte en elemento de un sistema complejo y casi automático, Sería absurdo que culpase a los aparatos de control de su situación. Más absurdo todavía si creyese que bastaría con suprimir la ordenación para recobrar la libertad; con lo que se encontraría en este caso sería con la anarquía, en la que naufragaría definitivamente su libertad. Pero todo el automatismo de la circulación sólo tiene sentido en cuanto limita el albedrío del hombre-conductor para conservarle su libertad en un orden superior: la de llegar a alguna parte.

    Advirtamos que la solución no es tan fácil. Al ordenar la circulación procuramos que la velocidad media resultante sea la mayor posible, pero no podemos tener en cuenta si el automovilista al que cerramos un paso va a dar un paseo o a solventar una cuestión de vida o muerte. Tenemos que limitarnos a la característica general: automovilista. Y cuando inscribimos los datos sobre un individuo en una ficha perforada podemos elegir tres datos o trescientos, nunca agotaremos las peculiaridades individuales. Por principio, el integrar a la persona humana en un sistema cerrado y automático significa dejarse al margen la más específicamente suyo: su individualidad.

    Tal es, en el fondo, el gran interrogante de nuestro mañana: ¿cómo conciliar el automatismo con la espontaneidad?, ¿cómo conciliar la planificación con la dignidad humana? El problema sólo tiene respuesta, evidentemente, en la medida en que podamos mantener que los planes se hagan para el hombre y no el hombre para los planes. Pero con esto salimos ya definitivamente del tema de estas consideraciones en torno al automatismo industrial. Son los ideales morales de nuestra sociedad los que, en definitiva, decidirán el uso que hagamos de las nuevas técnicas.

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(18) La jornada media en los Estados Unidos ha pasado de 67,2 horas a la semana en 1870 a 42,5 horas en 1950. En la actualidad la jornada de 40 horas es normal en bastantes industrias.

(19) Mayor tiempo libre puede significar no sólo disminución de la jornada de trabajo, sino también retraso en la edad de entrada en el trabajo (prolongación de la enseñanza primaria) y adelanto en la edad del retiro (lo que de hecho se consigue sin modificarla legalmente gracias a los avances de la Medicina).